jueves, 19 de noviembre de 2009

Jugar al fin del mundo

"Y Jesús empezó a hablar:
<porque vendrán en mi lugar, y dirán:
“Yo soy el que esperaban”, y engañarán a muchos.
Cuando oigan hablar de guerra y de rumores de guerra,
no se alarmen, porque eso tiene que pasar,
pero todavía no es el fin. Una nación luchará contra la otra
y un pueblo contra otro pueblo, habrá terremotos
y hambre en diversos lugares, en esto reconocerán
los primeros dolores del parto…”
(Marcos 13:5-8)


Una lectura fácil de este pasaje nos puede dirigir a la calculadora escatológica, para comenzar a calcular la fecha del fin de los tiempos; puede que nos enfile tras la preocupación angustiosa de sentir que tal vez, si no hacemos algo, quedemos fuera de la salvación, condenados al “fuego eterno del infierno”. Y es que en este mundo fatalista y marketinero, la catástrofe, la muerte, el terror, lo malo y destructivo concentran más nuestra atención y generan en nosotros un poder al que solemos rendir culto; tenemos una facilidad para distraernos de las cosas importantes: más fácil es jugar al fin del mundo, que a construirlo en base a la paz y la justicia.

Para el pueblo de Israel, para su gente, y especialmente para los más frágiles y excluidos, era razonable pensar que en algún momento se sacarían de encima el yugo opresor, ya de los imperios dominadores, ya de las clases dominantes y elitistas. De allí surge el género literario apocalíptico. Un género destacado en la literatura bíblica y que de manera simbólica intenta sobreponerse al terror del mal, creando un mensaje esperanzador que anima a resistir y transformar la cruel realidad, revelando el interés supremo de Dios, que toma partida por su pueblo y envía un salvador libertador, que finalmente vence al monstruo destructor...

En este marco se encuadran estas palabras de Jesús, dirigidas a sus discípulos, en el momento más crítico de su ministerio: cuando ya estaban en Jerusalén y se hacía inminente la intención reactiva del “poder”, que finalmente lo llevaría a la cruz. Pero Jesús, que bien conoce el pensamiento apocalíptico, les anuncia una destrucción de lo superfluo, de lo perecedero, de las estructuras muertas y opresoras simbolizadas en el Templo de Jerusalén. En realidad lo que caerá para siempre es la opresión, la discriminación diríamos hoy.

Ellos querían saber acerca del fin y de las señales para identificarlo… Pero Jesús enfatiza en que el mal que reina: pobreza, guerra, destrucción… lamentablemente siempre estará ahí, siempre será parte de esta historia. ¡No se alarmen! ¡No teman! En realidad este no es el problema, este es el desafío. Y si este es el desafío, la pregunta inexorable es: ¿En qué creer? ¿En quién confiar?

En realidad el desafío está en cómo le hacemos para resistir y para transformar la adversidad de este mundo, en lo que sí creemos: las promesas de justicia y paz de Dios para todas y todos.

Que el Reinado de Jesús, que su lógica incluyente, que su amor incondicional, su esperanza contra los signos de la destrucción no comulgan con los poderes de este mundo…una verdad incontrastable. Pero tampoco lo hacen con los que asustan con los “demonios” y “fantasmas” qué en él se generan.

Estos signos son tan solo dolores de parto… los dolores que anuncian el nacimiento de una vida nueva, renovada, liberada, restituida en su dignidad. Una vez que nazca, nadie reparará en ellos, no son más que signos que anuncian lo que viene. Y eso que viene es bueno, e incluyente. El testamento viviente de esta verdad es la misma vida de Jesús, su entrega y actitud de no rendirse ante la corrupción y el poder excluyente y opresor. Su poder fue lograr que tanto mal no le afectara y a pesar de él dejar una esperanza viva para siempre. Esperanza que ha dado vida y más vida en abundancia a toda la humanidad.

Nosotras y nosotros, aquí, y en este tiempo, continuamos en el mes de las Familias en la Diversidad, fortaleciéndonos en la esperanza y construyendo ese mundo nuevo y subversivo basado en los vínculos que ofrecen paz, justicia y restitución. y vaya que hay voces estridentes en este tema que utilizan las sagradas escrituras para apoyar sus trasnochadas profecías. Que las familias diversas son el símbolo de la destrucción de la “familia tradicional”, establecida por Dios… Menuda blasfemia, basta con revisar la Biblia para encontrar más de 30 modelos diferentes de familia tan diversos y contradictorios entre ellos como las familias formadas por parejas del mismo sexo, o por madres solas, o por divorciados.

Y en realidad, que no nos agite, ni nos preocupen las condenas y las sentencias de muerte eterna, tanto como dejar de crear vínculos de amor entre nosotras y nosotros. En realidad siempre existirán poderosos que pretendan controlar… Pero que no nos distraigan con sus palabrerías de hacer familias que se funden en el respeto por la diversidad del otro, la solidaridad, el afecto y la mutualidad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario